Momentos.
Hay millones de tipos de momentos, tantos casi como personas somos. El mismo momento se percibe de formas diferentes dependiendo de las gafas con las que se ve. Hay momentos que se pasan sin pena ni gloria, momentos que por muy poco que duren parece que son tan largos como la eternidad, momentos que unen y momentos que separan…
Nos empeñamos en guardar en el cajón de la memoria momentos que nos han tocado, que nos han arañado un poco el corazón. Puede que no sea empeño sino que nuestra memoria prodigiosa olvida lo malo para resaltar lo bueno. A veces parece que no nos fiamos de nuestra memoria y necesitamos documentos que nos digan que eso pasó de verdad, que no es invención de nuestro subconsciente. Entonces es cuando nos aferramos a las fotos, para que nos recordemos a nosotros mismos que eso pasó.
Pero hay unos momentos que no necesitan fotos para ser recordados, basta con cerrar los ojos y verlos recorrer los caminos de la memoria. Son MOMENTOS, en mayúscula. Son esos que surgen, que brotan, que parece que se nos escapan de las manos, que salen por debajo de las piedras… una vez que pasan se guardan sutilmente para cuando se necesite recordarlos. Son esos caramelos que te sorprende su rico sabor, esas mañanas que al levantar la persiana te tocan los rayos del sol, esos atardeceres con brisa… no tienen precio y son el mejor bálsamo para curar heridas del alma.
MOMENTOS.







